EGOPOLÍTICA Y LIDERAZGOS PERSONALISTAS: UNA ADVERTENCIA PARA LAS CIUDADES
En tiempos donde la política se confunde con espectáculo y el liderazgo con protagonismo, las ciudades enfrentan un reto silencioso pero profundo: resistir la tentación del personalismo y fortalecer sus capacidades colectivas. No se trata de una crítica directa, sino de una reflexión urgente sobre cómo la egopolítica —ese impulso de poner el “yo” por encima del “nosotros” — puede debilitar los pilares institucionales que sostienen la vida democrática local.
La egopolítica no es nueva, pero su auge reciente en el ámbito municipal merece atención. Se manifiesta en gestos cotidianos: funcionarios que convierten cada acto público en una pasarela personal, discursos que giran en torno a logros individuales, y una narrativa que privilegia el carisma sobre la técnica, la imagen sobre el proceso, la ambición sobre el servicio. En este contexto, la institucionalidad se vuelve decorativa, y la ciudadanía, espectadora.
Las ciudades no pueden permitirse ese lujo. En especial aquellas que, como Zacatecas Capital, enfrentan desafíos complejos que requieren coordinación, planeación y visión compartida. La gestión pública no es una carrera de popularidad ni una antesala para aspiraciones personales. Es, ante todo, una responsabilidad colectiva que exige
profesionalismo, transparencia y vocación de servicio.
Cuando el liderazgo se vuelve personalista, la política se fragmenta. Las decisiones se toman en función de agendas individuales, no de diagnósticos técnicos. Las prioridades se distorsionan: se invierte más en visibilidad que en impacto, más en eventos que en procesos, más en lo urgente que en lo importante. Y lo más grave: se debilita la confianza ciudadana en las instituciones, porque éstas dejan de ser espacios de representación para convertirse en plataformas de promoción.
No es casual que en este clima surjan precandidaturas prematuras, guiños velados a futuras campañas, y una sobreexposición mediática que poco tiene que ver con la rendición de cuentas. Tampoco es casual que algunos funcionarios parezcan más preocupados por proyectar liderazgo que por ejercerlo con responsabilidad. La egopolítica seduce, pero no construye.
Frente a ello, las ciudades deben apostar por lo contrario: liderazgos colectivos, institucionalidad fuerte y ciudadanía activa. Esto implica fortalecer los equipos técnicos, profesionalizar la gestión, y garantizar que las decisiones se tomen con base en evidencia, no en ocurrencias. Implica también reconocer que el poder público no es propiedad de nadie, sino un mandato temporal que debe ejercerse con humildad y visión de largo plazo
La institucionalidad democrática no se defiende con discursos, sino con prácticas. Se defiende cuando los reglamentos se respetan, cuando los procesos se documentan, cuando los recursos se asignan con criterios claros, y cuando la ciudadanía puede participar sin intermediarios ni filtros. Se defiende, sobre todo, cuando quienes ocupan cargos públicos entienden que su rol no es brillar, sino servir.
En este sentido, urge revisar cómo se comunica la gestión pública. ¿Estamos
informando o estamos promocionando? ¿Estamos construyendo ciudadanía o
cultivando seguidores? ¿Estamos fortaleciendo la institucionalidad o personalizando el poder? Las respuestas a estas preguntas definen el tipo de ciudad que queremos ser.
Zacatecas Capital tiene una oportunidad histórica de posicionarse como referente de gobernanza democrática, técnica y participativa. Pero para lograrlo, necesita más que
buenas intenciones: necesita blindarse contra la egopolítica y apostar por una cultura institucional que privilegie el trabajo en equipo, la rendición de cuentas y la corresponsabilidad ciudadana.
Esto no significa negar el valor del liderazgo. Al contrario: significa redefinirlo. Un buen líder no es quien acapara reflectores, sino quien construye condiciones para que otros brillen. No es quien concentra decisiones, sino quien distribuye responsabilidades. No es
quien se proyecta como figura central, sino quien fortalece los mecanismos colectivos que permiten que la ciudad avance, incluso cuando él ya no esté.
La política local debe recuperar su vocación de servicio. Y eso empieza por reconocer que el protagonismo excesivo es una forma de debilidad institucional. Las ciudades fuertes no dependen de nombres, sino de estructuras sólidas, procesos claros y ciudadanía informada. La democracia no se construye con selfies, sino con reglas, con diálogo y con trabajo silencioso.
Hoy más que nunca, Zacatecas necesita liderazgos que entiendan que el futuro no se construye desde el ego, sino desde el compromiso. Que sepan que la historia no premia a quienes se creen mucho, sino a quienes hacen mucho. Y que recuerden que el verdadero poder no está en la imagen, sino en la capacidad de transformar colectivamente la realidad.
Porque al final, lo que queda no son los nombres, sino las instituciones que supimos fortalecer. No son los discursos, sino las decisiones que mejoraron vidas. No son las fotos, sino los procesos que resistieron el paso del tiempo. Y eso, aunque no siempre se
aplauda, es lo que verdaderamente transforma una ciudad.
Pero esta transformación no depende sólo de quienes gobiernan. También exige una ciudadanía crítica, informada y activa. Una ciudadanía que no se conforme con el espectáculo, que cuestione las narrativas personalistas, y que exija resultados concretos.
Una ciudadanía que entienda que la democracia no es un evento, sino una práctica cotidiana que se construye desde abajo.
La cultura política local debe evolucionar. Debe dejar atrás la lógica del caudillismo y avanzar hacia una lógica de corresponsabilidad. Esto implica reconocer que el poder no
se delega ciegamente, sino que se vigila, se evalúa y se exige. Implica también que los liderazgos deben ser medidos no por su capacidad de atraer cámaras, sino por su capacidad de generar soluciones.
Las ciudades que logren resistir la egopolítica serán más resilientes, más justas y más democráticas. Serán ciudades donde el protagonismo se diluye en el trabajo colectivo, donde la técnica se impone sobre la ocurrencia, y donde la ciudadanía deja de ser espectadora para convertirse en protagonista.
Zacatecas puede ser una de esas ciudades. Pero para lograrlo, debemos empezar por reconocer que el verdadero liderazgo no se construye desde el ego, sino desde la comunidad. Y que el futuro no se gana con campañas anticipadas, sino con instituciones sólidas, procesos claros y voluntad de servir.
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