EDITORIAL: CAYÓ EL MENCHO
117 sicarios muertos en menos de 24 horas. No heridos, no capturados, no en proceso judicial, muertos todos, en lo que el ejército está llamando oficialmente operación de pacificación, pero que fuentes militares bajo anonimato describen con términos mucho más crudos. Aniquilación total. Lo que pasó en las montañas de Nayarit entre el domingo al amanecer y el lunes por la tarde es algo que México no había visto en décadas.
El ejército no fue a capturar, no fue a negociar, no fue a procesar legalmente, fue a exterminar y lo lograron con eficiencia que sugiere que esto fue planeado como operación de combate real, no como operativo policial. cercaron completamente una zona montañosa de casi 50 km² donde el CJ tenía establecido lo que básicamente era estado dentro del estado.
Eh, cortaron todas las salidas y durante 24 horas entraron matando sistemáticamente a todo sicario que encontraron. Cuando terminó la frase que circula entre elementos militares es escalofriante. No hubo sobrevivientes. Déjame contextualizar por qué esto pasó en Nayarit y por qué pasó ahora.
Este estado pequeño pegado a Jalisco ha sido territorio controlado casi completamente por el CJNG desde hace más de una década. El Mencho prácticamente lo considera extensión de Jalisco. Lo usa como zona de entrenamiento de sicarios, como área de descanso para operadores que necesitan esconderse después de operaciones calientes.
Las montañas entre Tepic y la zona costera son perfectas para esto. Acceso difícil, población dispersa en comunidades pequeñas que aprendieron hace años a no ver nada y no decir nada. La cobertura vegetal densa que dificulta vigilancia aérea. Durante años, el gobierno federal básicamente abandonó esas montañas. Era territorio liberado donde el CJNG operaba sin restricciones.
Tenían campamentos permanentes, campos de entrenamiento donde enseñaban a reclutas nuevos cómo usar armas, centros de tortura donde llevaban a secuestrados para interrogarlos lejos de ojos indiscretos. Había rutas completas de caminos de terracería que solo el cártel conocía, que conectaban ranchos y campamentos sin pasar por ninguna población donde pudieran ser observados.
Pero todo cambió hace tres semanas. Una familia de turistas de Guadalajara, padres con dos hijos adolescentes, tomó camino equivocado tratando de llegar a playa de Sayulita. Entraron sin querer a una de esas brechas que son territorio CJNG. Los detuvieron en retén ilegal, los identificaron como civiles perdidos y en vez de mandarlos de vuelta con advertencia, en vez de simplemente dejarlos ir, los sicarios decidieron que habían visto demasiado.
Los ejecutaron a los cuatro, incluyendo los chavos de 15 y 17 años, y dejaron los cuerpos en cuneta de la carretera estatal como mensaje. Ese fue el error que selló el destino de todo el contingente del CJ en esas montañas, porque esa familia no era nadie, clase media de Guadalajara sin conexiones políticas. Pero el caso explotó en redes sociales.
Las fotos de los chavos muertos, la indignación pública, la presión mediática. La presidenta Shainbaum no tuvo opción política más que responder y la orden que dio a Sedena fue clara según filtraciones. Límpienmelo todo. No quiero procesos. No quiero juicios que los van a dejar libres en 6 meses. Resuélvanlo.
La operación se planificó en silencio absoluto durante dos semanas. Inteligencia militar usó satélites, drones de reconocimiento de alta altitud, hasta globos aerostáticos con sensores térmicos. Mapearon completamente la zona. Identificaron cada campamento, cada casa de seguridad, cada ruta de escape posible. Contaron cuántos sicarios había, estudiaron sus rutinas, ubicaron sus posiciones defensivas.
Era nivel de inteligencia que normalmente se reserva para operaciones contra terroristas en otros países. El cerco comenzó el domingo a las 4 de la madrugada. 2,000 elementos del ejército entrando simultáneamente desde seis puntos diferentes. No fueron sigilosos, no intentaron sorpresa. Llegaron con helicópteros haciendo ruido, con vehículos blindados destrozando vegetación, llena con altavoces advirtiendo que el área estaba bajo control militar.
Querían que los sicarios supieran que venían. Querían que intentaran escapar porque cada ruta de escape estaba ya bloqueada con emboscadas preparadas. Los primeros enfrentamientos fueron cuando sicarios que hacían guardia en perímetros exteriores vieron llegar al ejército e intentaron frenarlos. Duraron minutos. El ejército los barrió con fuego de ametralladora desde helicópteros, con tiros de francotiradores de precisión, con granadas lanzadas desde vehículos.
No hubo negociación de rendición, no hubo llamados a deponer armas, solo fuego hasta que dejaron de moverse. A medida que el cerco se cerraba, los sicarios del CJNG intentaron organizarse defensivamente en los campamentos principales. Tenían ventaja del terreno, posiciones preparadas, armamento decente, pero estaban completamente superados en números, en coordinación, en capacidad de fuego.
El ejército usó artillería ligera, lanzagranadas automáticos, hasta bombardeo limitado con helicópteros artillados. Literalmente llovió fuego sobre posiciones del cártel. Un elemento del ejército que participó en la operación. Alguien que habló bajo promesa estricta de anonimato porque lo que presenció lo tiene procesando trauma, me describió escenas que parecen de guerra convencional.
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