TINTERO:OPINIÓN Dr. David Garcia Lira

«MÉXICO Y PERÚ: ENTRE EL DESENCUENTRO DIPLOMÁTICO Y LA VOCACIÓN LATINOAMERICANA»

La ruptura diplomática entre Perú y México, oficializada el 3 de noviembre de 2025, marca un episodio lamentable en la historia reciente de América Latina. El detonante fue el otorgamiento de asilo político por parte de México a Betssy Chávez, ex primera ministra peruana acusada de participar en el intento de disolución del Congreso en diciembre de 2022, durante el fallido golpe de Estado encabezado por el expresidente Pedro Castillo. La decisión del gobierno interino peruano, encabezado por José Jerí, de expulsar a la encargada de negocios mexicana y cortar relaciones diplomáticas, ha sido calificada por México como “excesiva y desproporcionada”

Más allá de los hechos concretos, este quiebre plantea preguntas de fondo sobre el rumbo de la política exterior peruana y el papel de México como defensor histórico del derecho de asilo y promotor de la integración latinoamericana. Desde una perspectiva institucional, es válido reconocer que todo Estado tiene la facultad soberana de definir sus relaciones exteriores. Sin embargo, cuando esa definición se aleja del diálogo, la proporcionalidad y el respeto al derecho internacional, se corre el riesgo de aislarse en un continente que necesita más puentes que muros.
México, por su parte, ha actuado conforme a la Convención sobre Asilo Diplomático de 1954, firmada en Caracas y vigente para ambos países. El asilo concedido a Chávez no representa una intromisión en los asuntos internos de Perú, sino una expresión de la política humanista que ha caracterizado a México desde el siglo XX. Desde Trotsky hasta Evo Morales, pasando por miles de refugiados sudamericanos, México ha sido tierra de acogida para quienes enfrentan persecución política. Defender ese principio no es capricho, es coherencia.
La reacción peruana, sin embargo, parece responder más a una lógica de confrontación que de institucionalidad. En lugar de activar canales diplomáticos, solicitar explicaciones o acudir a instancias multilaterales, optó por una medida drástica que afecta no solo a los gobiernos, sino a los pueblos. Las relaciones entre México y Perú han sido históricamente fructíferas en materia cultural, educativa, comercial y turística. Romper ese vínculo por un desacuerdo puntual es como quemar un puente por una piedra en el camino.
Además, esta decisión se inscribe en una tendencia preocupante de la política peruana reciente: la criminalización de la disidencia y el endurecimiento de las posturas frente a actores internacionales que no se alinean con la narrativa oficial. La acusación contra Chávez, aún en proceso judicial, no debería impedirle acceder a mecanismos de protección reconocidos internacionalmente. México no la exculpa, simplemente le ofrece garantías mientras se esclarecen los hechos.
Desde México, la postura ha sido clara y firme. La Secretaría de Relaciones Exteriores ha reiterado que el asilo se otorgó en apego al derecho internacional y que la ruptura
diplomática no afectará la relación consular ni el compromiso con los ciudadanos peruanos en territorio mexicano. Esta distinción es clave: México no responde con hostilidad, sino con institucionalidad. Y eso habla bien de su vocación latinoamericana.
En este contexto, es fundamental reafirmar que la amistad entre los pueblos latinoamericanos no depende de los vaivenes políticos. México debe seguir apostando por el diálogo, la cooperación y la defensa de los derechos humanos en la región. La
ruptura con Perú es un traspié, pero no debe convertirse en un precedente. Al contrario, debe servir para fortalecer los mecanismos de resolución pacífica de controversias y para recordar que la diplomacia no es un campo de batalla, sino un espacio de encuentro.
La historia compartida entre México y Perú no se borra con un decreto. Las
universidades, los artistas, los emprendedores, los migrantes y los turistas seguirán encontrándose, aprendiendo y construyendo juntos. Y aunque hoy la relación oficial esté
suspendida, la vocación latinoamericana de México sigue intacta. Porque en tiempos de polarización, defender el asilo, el diálogo y la amistad entre pueblos no es solo una postura política: es una
responsabilidad ética.

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