LA MARCHA DE LA 4T EN 2025: ¿CELEBRACIÓN GENUINA O DESCARADA ESTRATEGIA POLÍTICA?
La reciente marcha multitudinaria, orquestada para «celebrar» los siete años de la Cuarta Transformación (4T), dista mucho de ser una simple conmemoración. Lo que se nos presenta como una fiesta ciudadana por los supuestos logros del gobierno, se revela, bajo un escrutinio mínimo, como un complejo y descarado entramado de movilización política, proselitismo anticipado y una muy cuestionable apropiación de méritos.
Movilización, Proselitismo y la Ominosa Sombra del Acarreo Resulta cínico intentar vender como un acto espontáneo la organización de una
movilización de tal magnitud. La participación de simpatizantes acarreados de diversas entidades de la República, la exhibición de figuras prominentes del partido oficialista y la instrumentalización de estructuras nacionalistas, claman a gritos su naturaleza orquestada. Medios como El País han documentado la evidente logística partidista detrás de los contingentes movilizados desde distintos puntos del país, desenmascarando el montaje.
Este tipo de convocatoria masiva, que con demasiada frecuencia se apoya en el uso de recursos públicos, transporte oficial o presiones veladas sobre beneficiarios de programas sociales, no cruza una «línea delgada»; directamente la pulveriza para convertirse en un descarado proselitismo electoral o propaganda anticipada. En cualquier democracia funcional, tales prácticas habrían provocado un escándalo institucional, socavando la ya frágil equidad del proceso democrático.
El Dilema del Crédito: Logros Pasados, Un Disfraz para el Presente
Si bien los datos oficiales del periodo 2018-2024, bajo la batuta de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), exhiben ciertos avances reducción de la pobreza, aumento de becas, incrementos al salario mínimo y la expansión de programas sociales, la marcha de 2025 para «celebrar» la 4T no es más que un intento descarado de capitalizar un legado que, en gran medida, ya ha concluido.
Como ADNPolítico ha señalado con atino, cuando una parte sustancial de los beneficios ya fueron cosechados en el sexenio anterior, el acto masivo de 2025 carece de un valor técnico real. Es un mero artificio simbólico y político: una estrategia para movilizar a una base que empieza a mostrar signos de fatiga, y un esfuerzo por imponer una narrativa de continuidad que, aunque pueda tener tintes de legitimidad, no resiste un análisis crítico sobre la genuina novedad de los logros que se buscan celebrar en el presente. Es practicamente una celebración de glorias pasadas que busca legitimar un presente incierto.
Transparencia Incompleta y Reproches IneludiblesLa credibilidad de la medición de la reducción de la pobreza y los aumentos salariales, ahora a cargo del INEGI, se ve empañada por la polémica desaparición del CONEVAL, un organismo evaluador independiente. Esta modificación ha generado críticas contundentes por parte de analistas que, como enteratemexico.com bien destaca, cuestionan si el cambio de institución y, con ello, de metodología y umbrales de medición no es, en sí mismo, un truco para manipular las estadísticas y pintar un panorama más optimista de lo real.
Además, a pesar de los cacareados avances en ingresos y apoyos sociales,
persisten carencias estructurales que son una afrenta a la realidad del país y que el discurso oficialista se empeña en ignorar. Los problemas crónicos en la salud pública, la escandalosa falta de vivienda digna, las profundas desigualdades regionales y los rezagos en amplias zonas del país son recordatorios brutales de que las cifras globales y las sonrisas en las tribunas no pueden borrar la compleja y a menudo desoladora realidad local. Como señalan El Imparcial y masclaro.mx, estas deficiencias no son reproches válidos, son acusaciones ineludibles a un modelo que promete mucho y cumple a medias.
¿Hay algo que celebrar?
La marcha por los siete años de la 4T es, en esencia, un pastiche de datos
maquillados y una movilización puramente simbólica. Sí, en el plano cuantitativo, se pueden esgrimir algunos avances en la reducción de la pobreza o la cobertura de programas sociales. Pero, ¿son estos logros suficientes para justificar la grandilocuencia de la celebración? ¿Son un pretexto para eludir la autocrítica?
En el ámbito político, esta conmemoración no se desliza hacia el proselitismo; se zambulle en él de cabeza, en un descarado acto de reafirmación partidista. Esto no sólo plantea interrogantes fundamentales sobre la ya erosionada separación entre el estado y el partido en el poder, sino que también subraya la vergonzosa falta de transparencia en cada acción gubernamental.
Celebrar, en teoría, no es intrínsecamente malo. Pero una celebración auténtica y madura exige una revisión crítica sin concesiones, una rendición de cuentas honesta y una claridad brutal sobre lo que realmente se ha logrado y, mucho más importante, sobre la inmensa deuda que aún se tiene con la ciudadanía.
Sin estos pilares, la fastuosa fiesta se convierte en un mero espectáculo político, una burla a la inteligencia de quienes esperan soluciones reales y no solo promesas vacías. Y, sinceramente, como periodista y ciudadana, me resulta insultante presenciar cómo se confunde el bombo y platillo con el progreso genuino, mientras las carencias estructurales siguen carcomiendo los cimientos de nuestro país. Es hora de dejar de celebrar fantasmas del pasado y empezar a trabajar por un futuro que realmente valga la pena festejar.

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