Tras la toma de posesión de Abelardo de la Espriella a la presidencia de Colombia el 7 de agosto, reanudó relaciones diplomáticas con Israel –rotas desde mayo de 2024, tras la decisión del gobierno saliente de Gustavo Petro–.

El ministro de Relaciones Exteriores de Israel viajó directamente a Colombia para asistir a la investidura presidencial del nuevo inquilino de la Casa de Nariño. Desde entonces, Bogotá ha tomado varias decisiones para hacer las paces con Tel Aviv, como la de confirmar el intercambio inmediato de embajadores para restablecer el canal oficial en materia de seguridad, tecnología, inteligencia y comercio.

Además, el flamante gobierno colombiano anunció el retiro de su respaldo al proceso judicial promovido por Sudáfrica ante la Corte Internacional de Justicia contra las acciones israelíes en Gaza.
Y como para despejar toda duda de lo mucho que desea congraciarse con Israel y Estados Unidos, Bogotá reconoció la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán sirios, ocupados por Israel desde 1967, y congeló contactos políticos y diplomáticos con la República Árabe Saharaui Democrática tras señalar que Marruecos detenta su soberanía.
Los tiempos no podrían ser más elocuentes, pues unos días después de que la frontera de Ceuta colapsara, el rey de Marruecos bautizó con el nombre Donald Trump una autopista de mil kilómetros que conecta el sur de Marruecos con el Sáhara Occidental, agradeciéndole a Trump su reconocimiento, en 2020, de la soberanía marroquí sobre ese territorio.
Por su parte, el reconocimiento del Estado de Palestina puede quedar «congelado» con De la Espriella, tal como ocurrió bajo la presidencia de Iván Duque tras el reconocimiento por parte del gobierno de Juan Manuel Santos.
En Latinoamérica, es un hecho que Colombia aporta peso y visibilidad a un patrón regional. Chile y Honduras recientemente restablecieron la representación completa con Israel, la Argentina de Milei está abriendo una embajada en Jerusalén, y el Ministerio de Relaciones Exteriores de Israel ha designado explícitamente el 2026 como año de enfoque estratégico para reconstruir relaciones en América Latina.

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