EDITORIAL: ¿CÓMO SE REGULARÁN LOS AUTOS VOLADORES?

El primer problema del coche volador será llenar el parte del seguro. «¿El otro vehículo lo golpeó por detrás, por un costado o le cayó encima?». Habrá que añadir una casilla: «El asegurado descendía convencido de que tenía preferencia». Elon Musk nos acerca a un futuro extraordinario: discutir un choque señalando al cielo.

Tesla solicitó registrar los nuevos diseños del nombre y el logotipo del Roadster. La noticia de Agencia Reforma es de febrero; desde entonces, el espectáculo avanzó: este 15 de octubre mostró un deport ivo capaz de hacer maniobras en el aire con una tecnología desarrollada como la del SpaceX. La producción se anuncia para 2028. Ya podremos asombrarnos; para recibir el automóvil habrá que seguir esperando…

En «Volver al futuro», el doctor Brown podía prescindir de las carreteras porque, terminado el diálogo, terminaba también la película. Musk tiene un inconveniente: después de la demostración continúa la ciudad. Hay ventanas, cables, balcones y gente poco visionaria que insiste en tender la ropa donde un millonario podría necesitar incorporarse.
Concedámosle el mérito: nos tiene hablando de esto. Un fabricante presenta un coche y consigue que discutamos el porvenir de la humanidad. Hasta quienes nos burlamos trabajamos gratis para su campaña. Mientras averiguamos si vuela, la pregunta de cuándo lo entregan pierde altura. El vehículo lleva años de retraso; la conversación, esa sí, puntualísima.
También conviene distinguir un salto espectacular de un sistema de transporte. Una acrobacia acredita que una máquina puede hacer algo bajo determinadas condiciones. Una ciudad necesita saber qué ocurre cuando miles intentan hacerlo a la vez, si llueve o si alguien se equivoca. La demostración tiene público. La circulación tiene personas que no compraron entrada.
Por eso, el supuesto progreso merece una segunda mirada. El semáforo fue un avance civilizatorio bastante modesto: consiguió que desconocidos compartieran un cruce sin negociar a golpes cada encuentro. Ahora imaginemos vender como liberación la posibilidad de elevarse por encima de ese acuerdo. Qué moderna manera de recuperar el «paso yo porque puedo».
El atasco, desde luego, seguirá abajo. Sacar de él a un comprador adinerado no equivale a resolverlo, aunque desde su asiento la diferencia resulte filosóficamente irrelevante. La ciudad permanece inmóvil y el cliente despega: pocas imágenes explican mejor lo que es progreso, esa idea que considera solucionado un problema cuando permite cobrar por escapar de él.

Después vendrá el pequeño detalle del control del tráfico. ¿Quién autoriza el despegue? ¿A qué altura termina la maniobra de un automóvil y empieza una operación aérea? ¿Quién tiene prioridad cuando dos propietarios deciden ahorrarse el mismo semáforo
Añadir arriba, abajo y una eventual caída multiplica las obligaciones de coordinación. Al parecer, la burocracia también tendrá que aprender a volar.
Tesla tiene pendientes más cercanos al pavimento. En octubre de 2025, la autoridad estadounidense de seguridad vial abrió una investigación sobre su conducción asistida FSD por reportes de vehículos que cruzaban semáforos en rojo o invadían el sentido contrario. El expediente identificó seis reportes de choques tras pasar una luz roja con el sistema activado. El futuro seguía teniendo dificultades con una instrucción de tres colores.
De ahí la pulla inevitable: si todavía hay problemas para obedecer por tierra, ¿con qué tranquilidad añadimos el aire? Eso no prueba que el Roadster vaya a fallar ni que ambas tecnologías sean iguales. Sí obliga a exigir algo más que una pirueta antes de ampliar el espacio donde un error puede alcanzar a terceros. La reputación de futurista no debería servir como licencia de circulación.
Además, que el comprador acepte el riesgo resuelve únicamente la parte del comprador. El vecino sobre cuyo techo se ensaya el entusiasmo no firmó nada.
Tampoco el peatón que recibe el ruido, el sobresalto o, llegado el caso, una pieza de motor. El gusto privado por la aventura necesita límites cuando la aventura utiliza como escenario la integridad ajena. Eso creo.

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