Independientemente del resultado deportivo, la derrota de la selección nacional de futbol ante la de Inglaterra fue muy dolorosa y no solamente en el contexto del partido.
Me refiero a las sensaciones generadas en el ánimo de todo un país, de acuerdo al comportamiento del equipo, pero ese es tema de análisis de los expertos en futbol.
Desde el punto de vista social, estos días más de veinte, se generó un ambiente de felicidad colectiva, basados en una ilusión alcanzable en la perspectiva real.
Esto provocó una unidad en torno a un mismo objetivo, algo que podíamos compartir sin distingo de preferencias políticas, de cualquier diferencia y por un buen espacio la polarización cedió.
Se podría entender como un espejismo, porque durante el transcurso los graves problemas que enfrentamos como país y sociedad, que muchos de ellos son factor de división, sin demeritar su importancia y efecto, pasaron a segundo término.
En estricto sentido fue una pausa que, desde el principio, se sabía que tendría una fecha de terminación. La esperanza giraba en torno a que ese lapso se pudiera alargar lo más posible y lamentablemente ya se acabó.
Sin embargo, ese periodo nos demostró que somos mejores que nuestras diferencias y que sí hay circunstancias que pueden unir, que nos permiten estar de acuerdo en lo esencial y sacar desde lo más profundo de la conciencia, facetas que pueden sostener una identidad compartida.
Después de la fiesta viene la resaca, por definirlo de alguna manera coloquial, lo que implica retomar los temas de la agenda nacional, su discusión y, por ende, que de nueva cuenta nos dividamos en fracciones enfrentadas.
No hay pues moraleja, si acaso paradojas. La fiesta concluyó con un sabor de boca agridulce que tiende a lo amargo, si acaso que comprueba una vez más el valor de nuestra identidad y, me atrevería decir sin caer en la exageración, con elementos de fortaleza como pueblo.
Desafortunadamente, al regresar al estado en el que estábamos antes, volverá a imperar el elemento emocional, los miedos, las demandas y las insatisfacciones, mediante el contraste de los relatos que cada bando trata de imponer.
Más allá del poder de los datos, las narrativas giran en torno a héroes, villanos y víctimas, a la competencia que se establece entre cada grupo y como cada uno se ve así mismo y quiere que los demás lo vean. Pasaremos de los abrazos a los insultos.
Aunque el momento fue extraordinario, solo duró unas semanas. Más que enseñanzas se quedará en una anécdota y las ganas de lo que pudo ser, que no propicia un cambio de actitudes, a pesar de la muestra nítida de lo que podríamos ser.
Será en adelante un buen recuerdo, una experiencia vivida con intensidad, pero el peso de la realidad, pero sobre todo, de las diferencias, habrá de superar cualquier otro argumento.
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