EL MUNDIAL NOS RECORDÓ ALGO QUE HABÍAMOS OLVIDADO: MÉXICO SÍ SABE UNIRSE
paloma.harriett@gmail.com
Hubo un momento en el que México dejó de discutir. Durante noventa minutos
desaparecieron las diferencias políticas, económicas, religiosas y sociales. En las
calles volvieron las banderas, los abrazos entre desconocidos, las reuniones
familiares y la ilusión compartida. El Mundial consiguió lo que pocas cosas logran: recordarnos que, cuando queremos, los mexicanos sabemos caminar hacia un mismo objetivo.
Y esa es, quizá, la mayor victoria que nos dejó la participación de la Selección
Mexicana. Más allá del resultado deportivo, el Mundial nos hizo mirar la mejor versión de nosotros mismos. Nos recordó que todavía somos capaces de emocionarnos por una misma causa, de sentir orgullo por un mismo escudo y de celebrar como un solo país.
La pregunta que debemos hacernos ahora es mucho más importante que cualquier
marcador: ¿por qué esa unidad solo aparece cuando rueda un balón?
Si fuimos capaces de llenar plazas públicas, vestirnos de verde, cantar el Himno Nacional con orgullo y apoyar incondicionalmente a la Selección, también deberíamos ser capaces de unirnos para enfrentar los problemas que realmente están definiendo el presente y el futuro de México.
¿Por qué no hacer visible con la misma fuerza el trabajo de las madres buscadoras que recorren el país intentando encontrar a sus hijos? ¿Por qué no respaldar a los campesinos que sostienen la producción de alimentos enfrentando sequías, bajos precios y abandono? ¿Por qué no apoyar a los maestros que educan en condiciones difíciles o exigir juntos mejores oportunidades para millones de
jóvenes?
La verdadera Selección Nacional está formada por todos los mexicanos que todos los días salen a trabajar, estudian, emprenden, producen, enseñan y luchan por sacar adelante a sus familias.
Ese es el equipo que también necesita nuestro apoyo.
El lado que no celebramos
Pero el Mundial también deja al descubierto una realidad incómoda que el futbol mexicano lleva décadas arrastrando.México tiene millones de niñas, niños y jóvenes apasionados por este deporte. El
futbol sigue siendo la disciplina más practicada del país y el sueño de convertirse en jugador profesional acompaña a miles de familias.
Sin embargo, solo una mínima parte consigue llegar al máximo nivel.
Y la pregunta vuelve a surgir: ¿realmente llegan los mejores?
Uno de los principales obstáculos sigue siendo económico.
Las escuelas y academias de futbol representan un gasto considerable para muchas familias mexicanas. Entre inscripciones, mensualidades, uniformes, torneos, traslados y concentraciones, la formación deportiva puede convertirse en un privilegio al que no todos tienen acceso.
El talento debería abrir puertas. En muchas ocasiones, es el dinero el que las abre. Durante años, diversos ex futbolistas, entrenadores, representantes y familias han denunciado públicamente presuntas irregularidades en algunos procesos de visoría y selección de jugadores. Entre esos señalamientos existen testimonios que hablan
de cobros que pueden alcanzar hasta los 50 mil pesos para facilitar que ciertos
jóvenes sean observados por algún club profesional. Aunque estas denuncias han
aparecido en distintos espacios periodísticos y no representan un mecanismo oficial reconocido por la Federación Mexicana de Futbol, reflejan una percepción que ha dañado la confianza de muchas familias y que merece ser investigada con absoluta
transparencia.
Cuando un joven con talento no puede competir porque no tiene recursos, pierde él. Pierde su familia, pierde el fútbol y pierde México.
No solo ocurre en el fútbol
Lo que vimos durante el Mundial no es un caso aislado. En México, la falta de apoyo no termina cuando se apagan las luces de un estadio. Se repite en muchos otros ámbitos, especialmente en el deporte.
Durante años hemos conocido historias de atletas que organizan rifas, venden
comida, realizan colectas o ponen de su propio bolsillo para poder representar a
México en competencias internacionales. Mientras en otros países el deporte es
visto como una inversión estratégica para formar talento, fortalecer el tejido social y proyectar al país, aquí demasiados deportistas deben convertirse también en
gestores, patrocinadores y administradores de sus propios sueños.
Paradójicamente, el reconocimiento suele llegar cuando ya conquistaron una
medalla. Entonces aparecen los homenajes, las entrevistas, las fotografías y los discursos de orgullo nacional. Pero el apoyo que realmente transforma una carrerapocas veces llega cuando más se necesita: durante los años de preparación, esfuerzo y sacrificio.
No podemos conformarnos con celebrar a quienes triunfan. La verdadera
responsabilidad de un país es crear las condiciones para que miles más tengan la oportunidad de hacerlo.
El verdadero reto comienza cuando termina el Mundial
Dentro de unos días el Mundial será historia. Las playeras regresarán al clóset, las banderas dejarán de ondear en los automóviles y las conversaciones cambiarán de tema. La euforia dará paso a la rutina.
Pero México seguirá enfrentando los mismos desafíos.
Y es precisamente ahí donde comienza el partido más importante.
Si este Mundial nos dejó una lección, es que los mexicanos sabemos dejar de lado nuestras diferencias cuando sentimos que todos formamos parte del mismo equipo.
La pregunta es si seremos capaces de hacer lo mismo cuando el rival no sea otra selección, sino los problemas que durante años han frenado el desarrollo del país.
Que la pasión con la que alentamos a la Selección también nos impulse a respaldar a nuestros deportistas desde sus primeros pasos y no únicamente cuando ganan una medalla.
Que la emoción con la que celebramos un gol nos motive a exigir mejores
oportunidades para nuestras niñas, niños y jóvenes.
Que el orgullo de ver la bandera mexicana ondear en un estadio se convierta también en compromiso para construir un México más seguro, con mejor educación,
un campo fortalecido, instituciones más humanas y un país que no abandone a las familias que siguen buscando a un ser querido desaparecido.
Porque una nación no se transforma únicamente cuando celebra una victoria
deportiva.
Se transforma cuando sus ciudadanos entienden que la unidad no debe durar
noventa minutos, sino convertirse en una forma permanente de construir el bien
común. El Mundial nos recordó algo que nunca debimos olvidar: México sí sabe unirse.
Ahora el desafío es mucho más grande.
Demostrar que esa misma fuerza, esa misma solidaridad y ese mismo orgullo
también pueden servir para construir el país que todos soñamos.
Porque el verdadero equipo de México no juega solo en una cancha: somos

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